"LA ESCUELA Y LAS NUEVAS ALFABETIZACIONES"
“Todos
nosotros sabemos algo. Todos nosotros ignoramos algo. Por eso, aprendemos
siempre” PAULO
FREIRE
LA ESCUELA Y LAS NUEVAS
ALFABETIZACIONES
La alfabetización es
uno de los ejes centrales de la acción escolar. Antes que cualquier otro
conocimiento, las escuelas existen desde hace muchos siglos para enseñar a leer
y escribir. Aunque también se supone que deben enseñar a contar y otros
conocimientos básicos cuyos contenidos van cambiando con el tiempo, el centro
de la escuela ha sido y sigue siendo la cuestión del dominio del lenguaje
escrito.
Hoy hay consenso en
que no es lo único de lo que debe ocuparse la escuela. En un mundo donde el
libro va perdiendo protagonismo, y donde surgen otras formas de producción y
transmisión de la cultura, se empieza a hablar de alfabetizaciones emergentes o
múltiples para referirse al conjunto de saberes que se vuelven cada vez más
necesarios en nuestras sociedades.
En este dossier, queremos
introducir dos nuevos cuerpos de conocimientos que tienen enorme protagonismo
en la vida contemporánea: el que rodea al lenguaje de las imágenes y lo
audiovisual, y el que surge del uso de las computadoras. Hablar de
"lenguaje" no es inocente: supone pensarlos como códigos, y también
como formas culturales que deben ser objeto de reflexión y de producción dentro
de la escuela. Incluirlos no significa seguir las modas del mercado o de la
economía, sino ampliar la porción de la cultura que la escuela pone a
disposición de las nuevas generaciones.
LA ESCUELA Y LAS NUEVAS ALFABETIZACIONES
Lenguajes
en plural: Inés
Dussel - Myriam Southwell
La alfabetización en
la lectoescritura fue durante muchos años la tar ea central, y casi única, de la escuela.
Entendida como su corazón y su razón de ser, ella ocupaba buena parte de las
expectativas sobre los logros de la escuela primaria. Desde fines del siglo
XIX, la escolaridad elemental amplió esa propuesta para incluir lo que
consideraban los conocimientos básicos necesarios para la vida en sociedad.
Estos contenidos básicos fueron definidos desde diversas perspectivas:
contenidos para la formación moral, contenidos para el trabajo, contenidos para
la inclusión en la sociedad nacional y la ciudadanía, entre otros.
En el último tiempo,
empezó a formularse la necesidad de incluir otros saberes básicos como
igualmente importantes para considerar que la escuela ha cumplido con éxito su
misión. Se habla de alfabetizaciones emergentes, y también de alfabetizaciones
múltiples, para referirse a la adquisición de un conjunto de saberes que
abarcan otras áreas. Entre esas alfabetizaciones, se menciona a la
alfabetización digital y la alfabetización mediática, pero también a la alfabetización
ciudadana, la económica, e incluso la emocional. Algunos critican este uso
desmedido de la metáfora de la alfabetización, y argumentan que ella debería
restringirse a la adquisición y competencia en ciertos lenguajes.
En este artículo, y
en las notas que integran el dossier, nos gustaría referirnos a distintos
saberes que aparecen cada vez como más necesarios. ¿Qué significa hablar hoy de
nuevas alfabetizaciones? ¿Se trata solo de renovar las alfabetizaciones
clásicas? ¿Supone solo cambios en el soporte de los textos o también implica
otra serie de destrezas y operaciones? Los saberes considerados indispensables
deberían ampliarse para incluir los saberes, relaciones y tecnologías que hoy
son dominantes en nuestra sociedad, y formar a las nuevas generaciones para que
puedan vincularse con ellas de maneras más creativas, más libres y más
plurales. Creemos que para desandar, aunque sea en parte, la brecha que se
instaló entre la escuela y lo contemporáneo, sería deseable que la organización
pedagógica y curricular de las escuelas se estructurara como un diálogo más
fluido, más abierto, con los saberes que se producen y circulan en la sociedad.
¿Cuáles son los nuevos lenguajes que deberían ser incluidos en la propuesta
escolar, y cómo sería más productivo hacerlo? Sobre estas preguntas
reflexionaremos en las páginas que siguen.
LA ESCUELA DE LAS
ALFABETIZACIONES BÁSICAS DEL SIGLO XIX.
Como sabemos, cada
época produce y reproduce cultura, genera crisis de sus expresiones previas,
renueva sus formas y echa a andar nuevas posibilidades. ¿Cómo ha resonado esa
dinámica propia de la cultura dentro de las paredes de la escuela? A veces la
escuela genera culturas nuevas: así lo hizo cuando creó un público lector, un
público letrado, a principios del siglo XX, y ayudó a estructurar relaciones,
identidades, sentimientos e incluso industrias como la del libro y el periódico
masivos sobre esa base. Un hecho no menor en esa dirección es la incorporación
masiva de la mujer a la cultura, tanto en su rol de alumna como en el de
educadora, primer escalón de un ingreso al mercado de trabajo que transformaría
definitivamente a la sociedad y a la familia.
¿Cómo se fue dando la
incorporación de las nuevas formas de producción cultural en nuestras escuelas?
En la historia de más de dos siglos de escuelas elementales y superiores en el
país, el diálogo con la producción cultural que se producía fuera de ella fue
enriquecedor pero, a la vez, casi siempre problemático. Más de una vez en estos
siglos, los cambios tecnológicos, los nuevos lenguajes y lo que producían las
vanguardias artísticas, culturales y políticas era vivido como una amenaza ante
las cuales la escuela debía construir paredes más altas. Un ejemplo de ello
puede encontrarse en las expresiones sumamente preocupantes de educadores como
Víctor Mercante que desconfiaba de avances tecnológicos como la mecanización,
los tranvías eléctricos, como así también de expresiones culturales tales como
el cine, el tango y el fútbol. Constatando que la mayoría de los espectadores
de cine eran jóvenes de entre 12 y 25 años de edad, se preguntaba horrorizado
en 1925: "¿Quién abre un libro de Historia, de Química o de Física, a no
ser un adulto, después de una visión de Los piratas del mar o Lidia Gilmore de
la Paramount?". La mayoría de las películas eran, en aquella época, de
cowboys y de amor, cuyos héroes eran, para Mercante, "grandísimos
salteadores y besuqueadores". Todo eso llevaba a que los jóvenes
"solo quieran gozar, gozar, gozar"; por eso, él sostenía que el cine
era una escuela de perversión criminal, y que había que organizar comités de
censura en todas las ciudades para que solo se exhibieran películas
"moralmente edificantes". Su propuesta fue la de establecer comités
de censura en los pueblos, y cerrar las escuelas a los nuevos lenguajes y
estéticas.
En un sentido
similar, algunos educadores encabezaron fuertes discusiones acerca de qué podía
considerarse cultura y qué quedaba relegado a lugares menores y despreciados, y
por lo tanto, qué expresiones escritas, visuales o sonoras podían introducirse
en la escuela y podían ser parte del trabajo escolar, y cuáles no. De este
modo, esa escuela fue autorizando determinados saberes, voces, expresiones y
lenguajes y decidió dejar afuera otras formas culturales que luego la historia
fue incorporando dentro del canon de cultura legítima. Lo que debe prendernos
una luz de alerta es que esas formas fueron "entrando por la
ventana", imponiéndose por la demanda social de familias y alumnos, por la
presión del mercado, o por decisiones inconsultas. Quizás esta vez deberíamos
ser capaces de dar una discusión pública rigurosa y profunda sobre cuáles de
estos nuevos saberes deben entrar a la propuesta escolar, y cómo deben hacerlo.
LAS ALFABETIZACIONES
CLÁSICAS HOY.
El surgimiento mismo
de la escuela se consolidó en torno a las tecnologías ligadas a la lectura y la
escritura disponibles a fines del siglo XIX: el libro, la pizarra, el pizarrón,
el cuaderno, el lápiz. Como muchas de estas prácticas y tecnologías venían de
lejos, se favoreció una idea de inmutabilidad de los saberes y
unidireccionalidad de su enseñanza. Sin embargo, cabe plantearse si es la misma
enseñanza la que debe desarrollarse cuando se trata de trabajar con pantallas,
a veces muy pequeñas, y cuando las tecnologías se transformaron radicalmente.
Por un lado, hay que
considerar que en los siglos XVIII y XIX, la escritura, junto a la pintura y el
dibujo, era una de las pocas maneras de registrar y conservar el saber para su
transmisión. Pero hoy las posibilidades tecnológicas de "capturar"
una imagen y hacerla perdurable a través de la fotografía y el cine/video, de
guardar una voz, o de registrar un movimiento, rompieron ese monopolio. La
escritura sigue siendo fundamental para representar al mundo, para acceder a
otros mundos de significados, para encontrarse con la experiencia de otros
humanos y para acceder a otros cuerpos de saberes, pero ya no es la única forma
posible.
La otra cuestión a
tener en cuenta en torno a la enseñanza de la lectura y la escritura es que hoy
está organizado por diferentes supuestos y principios que hace un siglo. Si
antes importaba el manejo competente (el dominio fluido) de la ortografía y la
sintaxis, actualmente hay otros discursos que la configuran. Se busca que los
alumnos se expresen, que se apropien de los códigos lingüísticos, que produzcan
textos propios y que se vinculen a la lengua y literatura de maneras más
productivas y libres.
También se plantea
que hay que promover que los alumnos se acerquen a las situaciones reales de
comunicación, se jerarquiza el lugar de la oralidad y se promueven formas menos
rígidas de enseñanza, que plantean trabajos en grupo, interacciones directas
entre los alumnos, y autocorrecciones o evaluaciones de los pares. La relación
con el saber que se promueve y el vínculo con la autoridad (a través, por
ejemplo, de la relación con las normas lingüísticas, del énfasis que se pone en
la ortografía y la sintaxis, y de las formas de trabajo con el error) son muy
diferentes a lo que se planteaba a fines del siglo XIX. Las
"alfabetizaciones clásicas" hoy implican prácticas y sentidos bien
distintos a los que a veces se evocan en la visión nostálgica de la escuela
tradicional. No es suficiente, entonces, con seguir haciendo bien lo que se
hacía hace un siglo: nos encontramos con otros sujetos, con otras estrategias,
y con otras prácticas sociales que demandan otro tipo de enseñanza.
Una tercera cuestión
que se plantea es que hay que repensar el lugar monopólico de la escritura en
la transmisión de la cultura. La escritura es un "modo de
representación", es una de las formas en que los seres humanos construimos
el sentido sobre nuestra experiencia y nos comunicamos (Kress, 2005). La
escritura es un modo importantísimo de representación, y su aprendizaje es
difícil, y debe ser eje fundamental de la escolaridad; pero no es
necesariamente cierto que es el más completo o el que debe "dominar"
a todos los otros, que incluyen a la imagen, el sonido y el lenguaje gestual o
corporal. Esta jerarquización excluyente de la escritura más bien habla de una
sociedad que valora y jerarquiza ciertas prácticas sobre otras, y que desprecia
otras formas de comunicación y de saber. ¿Eso quiere decir que son igualmente
importantes, o que la escuela debe incorporarlas todas al mismo nivel? De
ninguna manera. La escritura requiere una inducción larga y cuidadosa en sus
reglas y formas de procedimiento, y la escuela sigue siendo el mejor lugar para
hacerlo (y, para muchos, el único). Pero también debe reconocerse que ya no es
posible sostener que las otras formas de representación de la experiencia
humana no deben tener lugar en la escuela. Kress propone, acertadamente,
reconocer que ninguna forma de representación es total, ni logra atrapar al
conjunto de la experiencia humana y que si bien la escritura y la lectura
tienen enormes beneficios como prácticas de conservación, producción y
transmisión de la cultura, no son las únicas dignas de enseñarse y de
aprenderse masivamente. Unas y otras pueden potenciarse y beneficiarse
mutuamente, expandiendo nuestra capacidad de expresarnos, de comunicarnos, de
aprender sobre nosotros mismos y sobre el mundo.
Pensar en los
"modos de representación" ayuda también a analizar los medios
tecnológicos por los que se representa. Kress señala que la escritura en la
época de la pantalla tiende a adoptar aspectos de la gramática visual de la
pantalla antes que de la página del libro1 como sucedía hasta hace poco tiempo.
Los libros de texto son buenos indicadores de estos cambios: actualmente, la
organización visual de las páginas de esos libros asume formatos
hipertextuales, con ilustraciones, profundizaciones, resaltados; y muchas veces
la escritura viene a cumplir una función subsidiaria de la imagen -el texto
escrito se introduce para explicar y desarrollar la imagen-, que reacomoda la
economía textual de la página. Antes, la organización de la página no
constituía un problema complejo, y se decidía de acuerdo con las posibilidades
técnicas y gráficas disponibles; hoy "esa organización se ha convertido en
un recurso para el significado de los nuevos conjuntos textuales". Como
veremos más adelante, empieza a ser cada vez más necesario que la escuela
proporcione otros conocimientos para moverse mejor, más fluidamente y de forma
más rica y relevante, en los saberes que proporcionan las nuevas tecnologías,
básicamente la computación y el lenguaje audiovisual. Quizás valga preguntarse:
si no es la escuela la que proporciona estos saberes, ¿quién lo hará? Por
ejemplo, ¿puede imaginarse una televisión que enseñe a reflexionar críticamente
sobre sus contenidos, contra sus propios intereses? Dejarlo librado al mercado,
o a las experiencias actualmente disponibles -que en su gran mayoría están
organizadas por pautas mercantiles- implica renunciar a incorporar otras
lógicas, otros plazos, otras orientaciones.
LA ALFABETIZACIÓN COMO
METÁFORA.
Hablar de nuevas
alfabetizaciones, alfabetizaciones múltiples o alfabetizaciones emergentes,
requiere discutir también si vale la pena referirse a esos nuevos saberes en
los mismos términos que las alfabetizaciones clásicas. Algunos autores (Kress,
2005; Braslavsky, B., 2004) señalan que no es conveniente usar el término de
"alfabetización” como metáfora. Kress destaca dos razones: por un lado,
que esta extensión provoca una extensión de los supuestos y prácticas de la
lectura y de la escritura a otras formas de representación (por ejemplo, la
imagen o los gestos), lo que no necesariamente ayuda a ver las profundas
diferencias que las estructuran; por el otro, denuncia una especie de
"colonialismo cultural" que está dado por la extensión del uso
anglosajón de literacy a otros contextos en los cuales las nociones específicas
(por ejemplo "alfabetización" en el caso del español) no se adecuan demasiado
estrictamente al original inglés. Buckingham (2007), partidario de usar el
término, señala que introducirlo implica darles legitimidad a estos saberes, e
incorporarlos a un curriculum básico que deben aprender todos los ciudadanos.
Sin desconocer las
críticas mencionadas, consideraremos que es más lo que se gana que lo que se
pierde en esta adopción de la metáfora de "alfabetizaciones" para
hablar de los saberes básicos que hoy debe transmitir la escuela primaria.
Hablar de alfabetización permite referirse a la necesidad de aprender
lenguajes, y estos lenguajes no son solamente, ni deben serlo, los del lenguaje
oral u escrito. Buckingham señala que la alfabetización hace referencia a la
posibilidad de acceder a un código o lenguaje y también de comprenderlo y
usarlo creativamente. Creemos que en torno a esas tres acciones (acceso,
comprensión y creatividad) podrían estructurarse contenidos interesantes y
relevantes que aporten a la formación intelectual, ética y estética de los
estudiantes.
En este dossier hemos
incluido notas que apuntan a poner en discusión dos alfabetizaciones
"nuevas" que han ido incorporándose al trabajo escolar y tienen aún
un fuerte potencial para seguir profundizando esa incorporación. Por un lado,
Flavia Pascualini y Rosalía Pasini cuentan la experiencia sobre alfabetización
digital llevada adelante en la escuela donde trabajan y Emilia Ferreiro nos
ofrece su reflexión sobre la producción de textos y la interacción con ellos en
las nuevas condiciones de la cultura contemporánea. Por otro lado, nos
ocuparemos de la alfabetización audiovisual o mediática a través de la nota de
Ana Laura Abramowski.
ALFABETIZADOS Y ENREDADOS.
Otro punto sobre el
que nos gustaría detenernos es el de la relación entre la incorporación de
nuevos saberes y la visión que tenemos de lo nuevo, y de los nuevos, en la
cultura. Es frecuente que los adultos intercambiemos impresiones acerca de si
las operaciones de comunicación, lingüísticas, expresivas, etcétera, que se
realizan con el celular, el chat, las weblogs son formatos culturales
restringidos o empobrecidos, un uso devaluado del lenguaje, e incluso una
deformación que no educa. En estas valoraciones hay distintos elementos. Por un
lado, aparece una preocupación por brindar y velar por el acceso a la cultura
letrada, que es legítima y se basa en una posición responsable como educadores.
Pero también suele haber un cuestionamiento hacia los jóvenes, porque sus modos
de vivir en el mundo y en la cultura se perciben distintos al que los adultos
creemos recordar que vivimos nuestra juventud. Una mirada frecuente sobre los
jóvenes suele verlos como menos creativos, menos cultos, menos lectores, menos
políticos de lo que los adultos recordamos haber sido.
Es necesario
considerar, como apuntan algunos especialistas, que la mayor flexibilización de
las normas que organizan la lengua escrita se ha producido en todos los
momentos del desarrollo humano en que se fueron pluralizando las formas de
registro de lo escrito. Desde la oralidad a la escritura, de la escritura sobre
tablas a la escritura sobre papel, etcétera, en todas esas transiciones hubo
modificaciones en la norma que organizó la lengua escrita; y por lo tanto, fue
parte del derrotero de su crecimiento y afianzamiento. Por otro lado, varios
siglos atrás, escribir y leer eran actividades profesionales que llevaban
adelante personas que desempeñaban un oficio específico. Pero la evolución de
la sociedad posibilitó que ya no fuera un oficio que desempeñaban algunos pocos
por obligación, sino una marca de ciudadanía (Ferreiro, 2001) y gracias a ese
desarrollo esas prácticas están hoy fuertemente extendidas entre nosotros. Una
mirada a lo largo de la historia, desde el siglo XII hasta nuestros días,
podría listar una enorme cantidad de "deformaciones" y transformaciones
en ese lenguaje.
En una entrevista
incluida en el Nº 3 de El Monitor, Daniel Link nos recuerda que los chicos y
jóvenes jamás se caracterizaron por el buen uso del lenguaje y que no deberían
ser estigmatizados por ello. Las nuevas tecnologías de la información y de la
comunicación y su creciente uso entre todos los que habitamos este mundo
contemporáneo, traen nuevos interrogantes a la escuela y requieren diversificar
aquellos soportes sobre los que se alfabetiza. Una posibilidad es que la
escuela se abra a considerar como legítimas las formas de lectura y escritura
que desarrollan los alumnos y docentes en tanto internautas, posibilitando la
consideración de esas prácticas que los alumnos llevan adelante en entornos
virtuales. Por esos y otros motivos habría que evitar la actitud de
desconfianza o desvalorización de las interacciones que se producen en los
entornos virtuales, ya que ellos implican el conocimiento de nuevos lenguajes
que entran en un capital cultural más amplio que la alfabetización entendida de
modo más clásico.
Otro elemento
importante que podría abrirse con las nuevas tecnologías es la capacidad de
crear recorridos y producciones originales de cada uno de los alumnos. Eso
implica pensar a chicas y chicos como "productores culturales por derecho
propio" (Buckingham, D., 2002:225), lo que tendrá consecuencias tanto en
la manera en que encaren su propio proceso de aprendizaje y su capacidad de
proyectarse hacia el futuro, como en ocupar un lugar distinto como sujetos
políticos con igualdad de derechos. Algunas experiencias realizadas con la
creación de páginas web, instalaciones virtuales o CD muestran las enormes
posibilidades que abren estas experiencias.
Al mismo tiempo,
habría que proponerles espacios para reflexionar, investigar y producir
alternativas sobre quiénes y cómo producen saberes en estos nuevos espacios. No
debe ignorarse que ellos están movidos, antes que nada, por intereses
comerciales y empresarios. La mayoría de los buscadores, por ejemplo, tienen
espónsores o publicidades que orientan en ciertas direcciones y no en otras;
nos instalan programas que juntan información sobre nuestro perfil de
consumidores, y buscan interpelarnos antes que nada como posibles compradores
(de bienes o de información). Nuestros alumnos tienen el derecho, y el deber,
de saber en qué se están metiendo cuando acceden a estos sitios, qué cuestiones
se les facilitan y cuáles se obstaculizan, para decidir cómo y con quiénes se
vinculan.
PREGUNTAS POR EL CÓMO.
Como suele decirse, lo importante no es
la tecnología sino lo que hagamos con ella, lo que enseñemos sobre sus usos y
posibilidades, y también sobre sus límites. También es importante pensar en una
introducción de las nuevas tecnologías que no las consideren solamente un
recurso didáctico que amplía las posibilidades materiales del aula, sino
también, y sobre todo, formas culturales importantes de esta época, ámbitos
productivos y recreativos de la cultura, la política y la economía
contemporáneas, que tienen muchos efectos sobre nuestras propias vidas, las de
los docentes y las de los alumnos. En ese sentido, creemos que no es suficiente
con "enseñar computación" y los programas de software (como si fueran
técnicas asépticas y neutrales), ni tampoco considerar a la internet solamente
como una gran fuente de información, sino que deberían sumarse otros saberes,
disposiciones y sensibilidades que permitan enriquecer la vida de los alumnos,
que los ayuden a plantearse preguntas y reflexiones a las que solos no accederían,
y que les propongan caminos más sistemáticos de indagación, con ocasiones para
compartir y aprender de y con otros.
Es fundamental, por
ejemplo, enseñar la noción de red y su extensión en muchas actividades humanas,
y ayudar a develar las jerarquías, desigualdades y subordinaciones que siguen
operando pese a su apariencia horizontal e igualitaria. También, en este punto,
sería interesante enseñar sobre las transgresiones, sobre la creatividad y la
productividad de muchos emprendimientos individuales o de pequeñas asociaciones
que elaboran otras cadenas de noticias, o de solidaridades, o de creaciones
artísticas o sociales. Es fundamental también hacer lugar a otros conocimientos
y experiencias que circulan en internet, o que se almacenan en CD, estudiando
por ejemplo cómo cambia el conocimiento cuando se archiva en uno u otro
formato, discutiendo qué se transformó de las viejas bibliotecas de papeles a
las nuevas formas virtuales, e indagando sobre las posibilidades y los límites
que ofrecen los buscadores actuales para rastrear información, experiencias,
relatos; ayudarnos a pensar qué encontramos y qué no encontramos con esos
buscadores, y pensar criterios con los que leer y organizar (poner en relación,
dar sentido, interpretar) aquello que hallamos. Podemos proponernos, también,
estudiar los videojuegos: las estrategias que proponen, sus formas de
producción, sus narrativas, sus presupuestos epistemológicos y políticos.
Podríamos proponernos estudiar con nuestros alumnos, con menos prejuicios pero
sin celebrar acríticamente todo lo nuevo, qué emociones y sentimientos
movilizan, qué sociabilidades se establecen, qué estrategias resultan exitosas
y por qué, y qué otras formas de interacción podrían proponerse.
También sería
interesante ponernos y poner a nuestros alumnos a investigar acerca de usos
diferentes de las nuevas tecnologías en distintas regiones, sectores sociales,
y distintos países, que los ayuden a reflexionar sobre los condicionamientos
económicos, culturales, geográficos, políticos y sociales que tiene la relación
con la tecnología y que no se dejan simplificar en la presencia o ausencia de
una máquina (Snyder y otros, 2002). Esa indagación también les daría una
experiencia valiosa acerca de las diversas maneras de ser niños o jóvenes en
distintas sociedades, en distintos sectores sociales y hasta en distintos
barrios o circuitos socioculturales.
Creemos que es fundamental
que las escuelas propongan una relación con las nuevas tecnologías de la
comunicación y la información significativa y relevante para los sujetos que
las habitan. Las nuevas alfabetizaciones deberían ayudar a promover otras
lecturas (y escrituras) sobre la cultura que portan las nuevas tecnologías, que
les permitan a los sujetos entender los contextos, las lógicas y las
instituciones de producción de esos saberes, la organización de los flujos de
información, la procedencia y los efectos de esos flujos, y que también los
habiliten a pensar otros recorridos y otras formas de producción y circulación.
En la búsqueda de respuestas, seguramente la enseñanza se convertirá en algo
más interesante y más valioso. Y es en esa búsqueda donde podemos intentar
aproximar el mundo de la escuela y la sociedad contemporánea, desde lugares
intelectualmente más productivos y políticamente más auspiciosos que los que
produce hoy la irrupción de la crisis y la fragmentación social. Todo ello hace
a la relación con el saber, con la lengua, con los otros, con el conocimiento
acumulado; y hace a nuestro lugar en una sociedad humana que se forma de muchas
herencias, lugar que debería permitirnos dejar una huella propia para que otros
la retomen más adelante.

